Una Venta Fiable

Las balconadas de madera y forja invitaban a pasear al lomo de mi caballo por el Barrio de las Letras. Desde esa altura se alcanzaban a descubrir las intimidades de las gentes que moraban en las viviendas. Se encaprichaba asaltarlas con procacidad, adulterarlas con infidelidad. Al abandonar la plaza iluminada por la farola arborescente penetré en la oquedad de las sombras.

Un cuadrito de azulejos me invitó a recorrer la calle del León, donde residió el turco que encadenó a la fiera para su exhibición. El eco de los cascos redoblaron la travesía como un ejército. Nadie se asomó. Cada paso del caballo se acompañaba por el cierre de portezuelas y contraventanas, temiendo delaciones. Los pestillos se corrían con la velocidad de la mirada. Los vapores de los adoquines baldeados todavía rezumaban el ardor del sol, peleando por elevarse contra el frescor de la noche. Pareciera que brotasen viejas figuras de literatos, chispas de batallas y sangrientos enjuiciamientos de cuatro siglos antes.

El miedo no era infundado. La calle se prolongaba eternamente oscura. Todos mis sentidos alertaban el peligro. Se olfateaba la conspiración. Los fugaces cuchicheos camuflaban el vitoreo del insensato atrevimiento, volaban perseguidos por el arrebato de las sangres cruzadas. De nada servía enjugar los irremediables sudores que se me volcaban cejas abajo. Sentía empapados pecho y espalda. Inútil sería la fusta que calzaba entre el pantalón y la bota. En aquella circunstancia, sabía que un par de azotazos al aire no espantaría la herrumbre de cualquier osado, fuese carne o espíritu.

Reprimí las tentaciones de espolear la caballería. No evitaría el encuentro con la muerte, sino al contrario, me precipitaría sobre ella. De repente, el rechinar de un gozne me alertó. Detuve la cabalgadura. Una lejana lucecita, de una puerta entreabierta por un instante, me trajo el sabor del hierro a la lengua, me secó la garganta. Se escucharon pasos con pretensiones de hacer huella, tacos de zapatos marcados con firmeza contra el suelo. Aquellos sonidos se me acercaban. Mi determinación precisaba mayor defensa que una fusta y la abandoné en la bota. Eché mano al revolver que ajustaba en el fajín.

Ya lo tenía al alcance de la vista. Un hombre venía por el centro de la calzada empedrada. Un sombrero ocultaba su rostro y un poncho sus manos. Marqué el gatillo con el índice. Sentí el calor de la sangre recorriendo mi brazo. Él se acercaba sin desviar la ruta, enfilado hacia mí. Mi mano temblaba pero no aparté el dedo del gatillo. Cuando el individuo estaba a escasos tres metros, a punto ya de descubrir mi arma, se puso a un lado y echó una mano al sombrero, dejándose ver.

  • Buenas noches, caballero – me dijo.
  • Bonita noche – respondí.

Ordené a espuela el paso del caballo, sin perder el reojo al transeúnte. Teniéndolo a mi espalda, me giré.

  • ¿Alguna venta fiable?

Sin dudarlo, señaló con el dedo índice.

  • Allí, de donde salí. Tienen buenas viandas. Quesos y vinos de calidad. Casa González se llama.

Galapagar 1 de abril de 2021

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